Cómo nos han estado engañando las palabras, ¿no? No sé, es
una reflexión que me vienen a la cabeza, y no quiero expresarlo de un forma
poética porque, paradójicamente, es "antipoético" por así decirlo.
Quiero decir; las palabras, ¿qué son? En mi no tan humilde opinión son nuestra
fuente más inagotable de magia, capaces de ejercer daño y de remediarlo. Pero
en sí, no son nada, son movimientos de cuerdas vocales en vibración, son sólo
ondas, son píxeles abiertos o cerrados en una pantalla, son tinta encerrada
entre las fibras del papel, físicamente hablando, no son nada. Y ese ser tan
pequeño es el que nos manipula en cada momento, al que nos rendimos, por el que
sonreímos o lloramos, por simples palabras que no significan nada, palabras
huecas en muchos casos, sin actos que las verifiquen. La mayoría de las veces
somos felices o desgraciados simplemente porque nuestro oído u ojos han captado
un estímulo y lo ha transmitido en forma de impulso nervioso al cerebro donde
esa interpretación que le demos nos causa una sensación determinada a un hecho
que ni siquiera se ha llevado a cabo, y que, en muchas ocasiones, nunca se hace
realidad. Porque es infinitamente más grande la emoción a la espera de un
acontecimiento que el hecho en sí, muchas veces más intensa y la mayoría de
ocasiones más prolongada. Es la espera a comprarte ese libro que tanto ansias,
a que estrenen esa película que llevas esperando meses, a que te regalen ese
disco que adoras, esa felicidad de saber que lo vas a tener, esa prórroga
perpetua llena de emoción, el pensamiento de lo feliz que serás cuando esté
ahí, entre tu manos, entre tus dedos, es infinito, pero luego,,, ¿luego qué?
Eso es lo que me detiene, siempre hay un luego, pero eso, aparentemente, parece
sorprender aún a la gente. Una palabra nos hace sentir mucho más, o por lo
menos durante más tiempo, que el hecho que dicha palabra describe, pero, en
realidad no es nada, es polvo, y nosotros, los humanos, somos adictos al polvo.
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